Cuando se habla de interoperabilidad en salud, casi siempre aparece la misma sigla: HL7 FHIR R4. Para quienes no vienen del mundo técnico, suena a un lenguaje reservado para programadores, algo que «el área de TI debe resolver». Pero entender qué es y qué implica este estándar es, hoy, una responsabilidad de gestión, no solo de tecnología.
HL7 FHIR R4 es, en términos simples, un idioma común que permite que distintos sistemas de salud —una ficha clínica electrónica, un laboratorio, una farmacia, un hospital distinto— se entiendan entre sí sin perder información en el camino. Antes de este tipo de estándares, cada sistema hablaba «su propio idioma», lo que obligaba a construir traducciones manuales, propensas a errores, lentas y costosas de mantener. FHIR resuelve ese problema definiendo una estructura común para representar pacientes, diagnósticos, medicamentos y episodios clínicos, de forma que cualquier sistema compatible pueda leerlos e interpretarlos correctamente.
Para un director de hospital o de servicio de salud, la pregunta relevante no es cómo se programa este estándar, sino qué preguntas hacer al momento de evaluar un proveedor tecnológico: ¿su sistema es nativamente compatible con FHIR o requiere desarrollos adicionales? ¿Qué recursos del estándar utiliza —paciente, encuentro clínico, observación, medicación— y cubren realmente las necesidades de la institución? ¿Qué tan preparado está el sistema para conversar con otras instituciones de la red, no solo puertas adentro?
Elegir tecnología alineada con FHIR no es una preferencia técnica menor: es lo que determina si una institución estará lista o no cuando se termine de definir el marco regulatorio de la Ley 21.668. Entender el estándar, aunque sea a nivel conceptual, es parte del trabajo de cualquier líder que hoy deba tomar decisiones sobre digitalización en salud.